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Iquitos, Loreto/Maynas , Peru
- Nací en el departamento de Ica, Provincia de Palpa, Distrito de Río Grande, Caserío "San Jacinto", en 1941. Egresado de la UNM"SAN MARCOS", Facultad de Educación, especialidad de Filosofía y Ciencias Sociales, actualmente soy docente de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades-UNAP. Colaboro en: - Diversas revistas que se publican en Iquitos -Soy integrante del grupo literario "JAVIER HERAUD" DISTINCIONES RECIBIDAS: •PALMAS MAGISTERIALES, Grado de Maestro •PREMIO NACIONAL DE EDUCACIÓN “HORACIO”, 1991, Derrama Magisterial. •PREMIO NACIONAL DE EDUCACIÓN, “HORACIO”, 1992, Reconocimiento Especial •DIPLOMA DE RECONOCIMIENTO DE LA LABOR POR LOS PUEBLOS INDÍGENAS- AIDESEP •PREMIO NACIONAL I CONCURSO NACIONAL DE LITERATURA INFANTIL, AREA EXPRESIONES POÉTICAS,MED •RECONOCIMIENTO EN MÉRITO A LA EXCELENCIA Y PRODUCCIÓN INTELECTUAL -UNAP. Miembro de la Comunidad Educativa Loretana -CEL y el COLECTIVO AMAZONÍA.

ABRIL EN LA REGIÓN OMAGUA

EDITORIAL

ABRIL EN LA REGIÓN OMAGUA


P

or una especial deferencia de la madre naturaleza, la selva tiene sus leyes particulares, propias, dentro de las leyes generales que rigen nuestra Tierra.

Y en este mundo tropical, abril tiene su propia manera de ser.

Pues en él continúa el avance indetenible de las aguas, penetrando y extendiéndose entre los troncos de los árboles que forman nuestro bosque, llevándoles nutrientes para seguir generando la más prodigiosa diversidad de vida.

Como si de ello dependiera su existencia, el agua busca al árbol, quien, concupiscente y voluptuoso, deja que ella se abrace cariñosa a sus raíces y las acaricie deleitosamente en las intimidades ignotas del bosque, en las soledades de esta inmensidad telúrica que es la selva, pues sabe que dentro de poco tiempo se alejará para volver al río, que la espera ansioso para continuar su eterno discurrir.

De esa unión amorosa nacen el verdor sempiterno y la belleza esplendorosa de esta región.

Abril es la continuación de la expansión de las aguas. Es la época del máximo estiramiento de la masa acuática.

Mes en que las lluvias intensifican su presencia, haciendo que el ambiente se haga menos caluroso.

Y es que nuestro abril es el mes de lluvias frecuentes, de amaneceres mustios, fríos y húmedos que, luego, se han de transformar en horas de un intenso sol, brillando en un profundo cielo azul.

Mes de vientos laboriosos que desplazan sobre sus hombros enormes y grises masas de nubes que cruzan nuestros espacios, dejándonos sus mensajes de lluvias y alagamientos, que desafían renovadamente nuestra inteligencia para aprender a convivir en mutuo respeto.

Vientos que suelen transformarse en temibles tempestades, pues azotan con fuerzas colosales a los árboles y poblados, dejando en ellos profundas huellas de destrucción.

Aunque después, aplacada ya su furia, se muestren afectuosos transformándose en suaves y frescas brisas que nos brindan sus caricias para calmar nuestro temor.


lunes, 4 de junio de 2007

LOS VALORES ECOLÓGICOS


Gabel D. Sotil García (*)

En el proceso de socialización cada miembro de una comunidad va asumiendo la cultura vigente en dicha comunidad; es decir, hace suyos, mediante el aprendizaje, los conocimientos, las creencias, las prácticas operativas, las convicciones, las expectativas, las normas de conducta, etc., dándole a todo ello un tinte personal en su actuación social.

Entre tales aprendizajes, lugar importante lo ocupan los denominados valores, que son un componente de gran importancia en las decisiones que tomamos en la dinámica cotidiana. Es decir, que de los valores que tengamos dependerá que elijamos una u otra opción cuando debamos decidir. Son los valores los que orientan nuestra acción, pues es a partir de ellos que damos mayor o menor importancia a las cosas u objetos de nuestro entorno o a las acciones que realizamos y realizan los demás, aceptándolas o rechazándolas.

Los valores están presentes en todas las culturas, pero, dado que existen en una amplia gama o diversidad, no todas ellas enfatizan los mismos valores. Unas sociedades otorgan una mayor jerarquía a los valores económicos, otras a los estéticos, así como a los éticos, a los científicos, a los religiosos, a los utilitarios, etc. Siendo variable esta jerarquía a través del tiempo.

A partir de una mirada panorámica a nuestra historia regional, podemos afirmar que en las culturas indígenas el valor ecológico de los elementos de su entorno fue asumido con una de las más altas jerarquías en el comportamiento de sus miembros. A partir de su milenario contacto con el bosque, que les proporcionó una rica experiencia y profundos conocimientos, los Pueblos Indígenas amazónicos, construyeron una forma de actuación, tanto individual como colectiva, respetuosa de su entorno natural.

Es dicha experiencia la que les posibilitó apreciar, valorar, su entorno existencial; y así, de generación en generación, vía el ejemplo cotidiano, transmitieron a las nuevas generaciones este aprecio y respeto por el río, la cocha, la flora, la fauna, el suelo y cuanto componente descubrían en dicho entorno.

Al incorporarse a este escenario amazónico la cultura de origen europeo, se incorporaron también sus jerarquías axiológicas haciéndose hegemónicas en concordancia con el avance impositivo de dicha cultura mediante diversos mecanismos, entre los cuales se encontró la educación, tanto natural como formal.

Es así como aprendimos a percibir a nuestro ambiente de manera distinta y establecer nuevas relaciones con él. En concordancia con la nueva estructura de valores todos los elementos ambientales fueron reubicados en una nueva jerarquía y, entonces, el BOSQUE pasó a ser bosque, el RÍO pasó a ser río, la COCHA pasó a ser cocha, el ÁRBOL pasó a ser árbol, etc. pues pasaron a tener sólo un valor mercantil, para la compra y la venta, dejando de ser apreciados por su valor ecológico, pues el valor económico ocupó la cúspide de esa jerarquía.

Convertidos en simples mercancías pasaron a ser objetos de compra-venta. El BOSQUE devino en un conjunto de diversas maderas, resinas, cortezas, tintes, peces, aves, mamíferos, mariposas, etc. con valor sólo para ser extraídas y vendidas; es decir, en lo que es hoy: un bosque. Perdió su significado trascendente, de la mayor jerarquía, que tuvo para los Pueblos originarios.

En este marco axiológico todo ha adquirido sólo un valor económico. Mercantilismo puro. El ÁRBOL no es visto como ÁRBOL sino como algo que sólo sirve para transformarlo en madera, carbón, leña, etc., de manera que, puestos frente a un árbol, lo único que se nos ocurre es cortarlo o talarlo.

En nuestra actual sociedad no hemos aprendido a verlo como parte integrante del paisaje natural. Ignoramos que naturalmente cumple funciones ambientales: produce oxígeno, amortigua las altas temperaturas, absorbe el monóxido de carbono y demás gases nocivos para la salud, viabiliza la evaporación de las aguas (por ello hay nubes y lluvias), retiene las aguas de las lluvias para liberarlas progresivamente (por ello existen los arroyos, quebradas, manantiales, etc.), sirve de hábitat a las aves en cuyas ramas anidan, se protegen y posan, nutre al suelo, ornamenta el paisaje, brinda una sombra refrescante, sus frutos alimentan a las aves y mamíferos (incluyendo a los seres humanos), …

Igual viene sucediendo con la cocha y el río, a los que sólo vemos como proveedores de peces para el consumo y la venta, pero no en su función ecológica como fuentes necesarias para la diversidad de vida y, por lo tanto, los estamos convirtiendo en basureros de los pueblos y ciudades. A nuestro suelo sólo lo vemos como medio para producir cosechas y no en su interrelación con los árboles, el ambiente, la flora, la fauna, etc.

En resumen, no hemos aprendido a darle valor ecológico a nuestro bosque y todas sus riquezas. Dominados por el economicismo, en todas sus manifestaciones, nos hemos olvidado que entre los valores en los que debemos educar a las nuevas generaciones deben estar los valores ecológicos en primer orden. Cuando hablamos de educación en valores, obviamos a los ambientales o les damos una bajísima importancia. Venimos olvidando, también que somos hijos de la naturaleza y que si no frenamos la exacerbada artificialización, hacia la que nos dirigimos, seremos víctimas de nuestra propia destrucción.

El cambio climático, con sus desastrosas consecuencias para toda forma de vida sobre nuestra Tierra, nos está diciendo que no estamos en este planeta para seguir actuando como hace miles de años. Este largo lapso de evolución debe llevarnos a una reflexión colectiva que nos ubique realista e inteligentemente en este escenario de extraordinaria belleza que es nuestra Amazonía y el planeta todo.

Bien haríamos, pues, en incorporar los valores ecológicos: amor y respeto a la naturaleza, a la diversidad biológica, al ambiente, a nuestros recursos naturales, el cuidado de los jardines, de las plantas, del aire, de nuestras calles, etc., como referentes de primer orden en nuestro comportamiento individual y social

(*) Artículo publicado en semanario KANATARI, Iquitos, 03-06-07

1 comentario:

Anónimo dijo...

Valoremos nuestra madre naturaleza
es momento de una reflexion del daño que ke hacemos y que mejor tomando conciencia hoy mismo eduquemos nuestra sociedad y dejemos un planeta maravilloso a la generacion que viene!!!