
Una de las consecuencias más trascendentes de la percepción de la educación como instrumento sociopolítico es el reconocimiento de su rol determinante en el proceso de desarrollo de nuestra región (y país).
Diversos documentos jurídicos, que expresan los consensos logrados por la humanidad hasta el presente, convalidan la mutua dependencia entre ambos fenómenos: DESARROLLO y EDUCACIÓN.
Hoy todos los organismos internacionales que operan en el campo educativo, trabajan bajo la premisa de que NO ES POSIBLE QUE UNA SOCIEDAD LOGRE SU DESARROLLO AL MARGEN DE SU EDUCACIÓN O MÁS ALLÁ DE LO QUE ELLA PERMITE.
Por cierto que, en nuestra región, ello exige una decisión política acerca de la opción sobre nuestro desarrollo, concordante con nuestra experiencia histórica y las características, necesidades y potencialidades actuales, de las cuales dependerá la opción sobre las características de la educación.
En este sentido, consideramos que el DESARROLLO en nuestra región debe expresarse en la elevación de la calidad de vida material y espiritual de las personas y pueblos que compartimos este espacio, proceso que implica la movilización de las fuerzas psicosociales que todo pueblo o comunidad (el pueblo como protagonista) tiene hacia la búsqueda de mejores condiciones de vida, en el marco del respeto por su personalidad histórico-cultural y de su entorno ecológico (desarrollo y ambiente no son incompatibles), es decir, el nuestro tiene que ser un AUTODESARROLLO INTERCULTURAL SUSTENTABLE.
Es decir, un DESARROLLO en el marco de la defensa de los INTERESES DE MAYOR TRASCENDENCIA en nuestra región. Su generación tiene que darse en la misma intimidad de cada comunidad, a partir de su plena participación y en el marco del respeto por sus tradiciones, sapiencia tradicional, prácticas sociales, universo axiológico, etc., enriquecidas con los aportes científicos coherentes y aceptados por ella misma.
Y, para ello, se requiere no de la educación, sino de UNA EDUCACIÓN con explícitos propósitos de ser agente de dicho DESARROLLO, diseñada a partir de la aceptación de que tenemos grandes potencialidades psicológicas que debemos incentivar capacitándonos para la transformación de nuestros recursos naturales o materias primas en riqueza económica, como base para lograr la elevación de nuestra calidad de vida individual y social, en el marco axiológico-actitudinal de un desarrollo sustentable.
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