Gabel Daniel Sotil García
Instalados en lo más profundo de nuestras mentes, en la mayor intimidad de ese complejo mundo que es nuestra actividad psíquica, circulan con la mayor libertad de acción viejos y obsoletos paradigmas que, de no ser cambiados, seguirán dirigiendo nuestro comportamiento individual y social en contra de nuestra región. Haciendo que miremos nuestra realidad pero no la veamos con sus propias características.
Pero, para cambiarlos, necesitamos, precisamente, de una educación que nos forme para ver tales características y tomemos decisiones en concordancia con ellas. No a pesar de ellas.
Tenemos que aprender a percibirnos como una región eminentemente forestal y con una enorme riqueza y potencialidad acuáticas que, a su vez, generan la existencia de una infinita diversidad biológica y grandes posibilidades de desarrollo, a partir de una educación pensada explícitamente para lograr dichos propósitos.
Y es que BOSQUE y AGUA se constituyen en las bases materiales sobre las cuales debemos construir nuestro desarrollo. En estos elementos radican las potencialidades que debemos trabajar en nuestra región. Por ello es que nos atrevemos a decir que debemos educarnos para valorarlos y para que adquieran en nosotros un carácter sagrado, en el sentido de no destruirlos irracionalmente tan sólo para satisfacer la voracidad mercantilista de empresarios carentes de compromisos con los intereses más trascendentes y los destinos de nuestra región .
Sólo si instalamos la DIMENSIÓN BOSQUE y la DIMENSIÓN AGUA, en la mente de las nuevas generaciones, su actuación social tendrá plena significatividad para dicho intereses, pues posibilitará el uso no destructivo de estos recursos. Lograremos, así, la formación de una sociedad amazónica respetuosa de su entorno, con una plena conciencia de sus potencialidades y un manejo racional de sus componentes, heredera digna de uno de lo mensajes básicos de las culturas de los Pueblos Indígenas, con quienes compartimos este mar
Instalados en lo más profundo de nuestras mentes, en la mayor intimidad de ese complejo mundo que es nuestra actividad psíquica, circulan con la mayor libertad de acción viejos y obsoletos paradigmas que, de no ser cambiados, seguirán dirigiendo nuestro comportamiento individual y social en contra de nuestra región. Haciendo que miremos nuestra realidad pero no la veamos con sus propias características.

Pero, para cambiarlos, necesitamos, precisamente, de una educación que nos forme para ver tales características y tomemos decisiones en concordancia con ellas. No a pesar de ellas.
Tenemos que aprender a percibirnos como una región eminentemente forestal y con una enorme riqueza y potencialidad acuáticas que, a su vez, generan la existencia de una infinita diversidad biológica y grandes posibilidades de desarrollo, a partir de una educación pensada explícitamente para lograr dichos propósitos.
Y es que BOSQUE y AGUA se constituyen en las bases materiales sobre las cuales debemos construir nuestro desarrollo. En estos elementos radican las potencialidades que debemos trabajar en nuestra región. Por ello es que nos atrevemos a decir que debemos educarnos para valorarlos y para que adquieran en nosotros un carácter sagrado, en el sentido de no destruirlos irracionalmente tan sólo para satisfacer la voracidad mercantilista de empresarios carentes de compromisos con los intereses más trascendentes y los destinos de nuestra región .
Sólo si instalamos la DIMENSIÓN BOSQUE y la DIMENSIÓN AGUA, en la mente de las nuevas generaciones, su actuación social tendrá plena significatividad para dicho intereses, pues posibilitará el uso no destructivo de estos recursos. Lograremos, así, la formación de una sociedad amazónica respetuosa de su entorno, con una plena conciencia de sus potencialidades y un manejo racional de sus componentes, heredera digna de uno de lo mensajes básicos de las culturas de los Pueblos Indígenas, con quienes compartimos este mar
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